Durante más de una década, escribir los trabajos de fin de carrera y los ensayos de universitarios en Estados Unidos y el Reino Unido fue una fuente de ingresos respetable para miles de jóvenes kenianos. Era un mercado informal, no del todo legal, pero funcionaba. Sin embargo, la llegada de ChatGPT lo cambió todo en cuestión de meses.
El auge y la caída de un negocio lucrativo
El New York Times publicó un reportaje que reconstruye este mercado a través del caso de Teresios Bundi, quien llegó a Nairobi en 2011 para estudiar en la universidad y descubrió casi por casualidad el negocio: su primer encargo le pagó 7 dólares. Bundi renunció a su carrera en salud pública, montó una pequeña empresa con otros estudiantes y, en su punto máximo, cobraba entre 40 y 70 dólares por trabajo, escribiendo un total de 2.500 trabajos académicos. Su reacción al impacto de la IA es transparente: «Jamás habría imaginado que la IA pudiera lograr esto.»
En el punto álgido del mercado, a principios de la segunda década de los 2000, se calcula que al menos 40.000 kenianos vivían de esta industria. El perfil era jóvenes con buen nivel de inglés escrito, familiarizados con las convenciones de la escritura académica anglosajona y con acceso a internet. Los sitios de encargo de trabajos conectaban a los estudiantes con los escritores y cobraban una comisión. Era un mercado con cierta estructura: plazos, revisiones, especificaciones de citas por estilo (APA, Chicago, MLA). Quienes lo hacían bien llegaban a cobrar tarifas superiores a las del mercado local formal, con suficiente margen para comprar coches nuevos y smartphones de gama alta.
El impacto global de la IA en el empleo
El caso de los ghostwriters kenianos es uno de los pocos en los que la sustitución ha sido prácticamente total y muy rápida. La transcripción de reuniones fue uno de los primeros mercados en colapsar, antes incluso de que llegara ChatGPT: Whisper de OpenAI y otras herramientas de reconocimiento de voz ya hacían ese trabajo a un coste cercano a cero desde 2022. La moderación de contenido para plataformas como Facebook es otro sector en retroceso: aunque todavía hay personas etiquetando imágenes, los equipos se han reducido significativamente porque la IA mejora su precisión en detección de contenido dañino cada trimestre.
La advertencia de Anthropic sobre el impacto de la IA en el empleo bien remunerado señaló en 2025 que el desplazamiento no se limitaría a trabajos de baja cualificación sino que alcanzaría a profesionales con formación universitaria. Los ghostwriters kenianos no eran trabajadores de baja cualificación en sentido estricto: dominaban la escritura académica en inglés a un nivel que la mayoría de nativos digitales no alcanza. El sector que sí resiste es el de los «humanizadores» de textos de IA: personas que editan el output de ChatGPT para que no suene a IA, eliminen los marcadores que detectan los detectores de plagio y hagan el texto aceptable para los sistemas anti-fraudo académico.
Fuente: WWWhat's New Apps (Español)